lunes, 5 de julio de 2010
El cine
El modo en que las películas clásicas influyeron en las costumbres y tendencias, los ritos y valores de las personas a lo largo del siglo XX.
viernes, 28 de mayo de 2010
Giséle Freund
Autorretrato de artista
Por Juan Forn
Un tren está por salir de la estación de Frankfurt hacia París. El año es 1933. No es un guarda sino un oficial de la Gestapo el que revisa los boletos y documentos de los pasajeros. Cuando le llega el turno a la joven Gisèle Freund, el de la Gestapo inquiere de mala manera: “¿Judía?”. Con asombrosa sangre fría, la jovencita contesta: “¿Conoce alguna judía que se llame Gisèle?”. Así fue como zafó de los nazis y llegó a París. Su propósito era terminar allá la carrera de Sociología que en Alemania le habían prohibido continuar, pero una segunda casualidad volvió a redefinir su destino. Su pasatiempo era sacar fotos con una Leica que le había regalado su padre y, con el último rollo que había traído consigo de Alemania, retrató en sus primeros días en París el rescate del cuerpo de una suicida que se había arrojado al Sena. Un diario vespertino le compró la foto por lo impúdica que era. “Sólo un aficionado pudo ser capaz de lograr una instantánea así”, fue el despectivo comentario del editor que le compró la foto. La segunda instantánea que vendió era una escena febril de la Bolsa de París. La imagen apareció en la misma semana en dos diarios diferentes, uno belga y otro alemán. En el diario belga con la leyenda: “Las acciones en la Bolsa francesa alcanzan un precio fabuloso”. El alemán, en cambio, decía: “Pánico en la Bolsa de París, consecuencia de la especulación judía”.
Si la autobiografía de un fotógrafo está en sus imágenes, la vida de Gisèle Freund está signada por esta clase de equívocos y casualidades. Sus fotos más conocidas son retratos de escritores y artistas pero, vistos hoy, casi todos ellos son asombrosamente poco expresivos si se los compara con los que realizaron en la misma época sus colegas Cartier-Bresson y Brassai. Se la considera una pionera del rubro porque fue la primera en hacer retratos en color, pero para hacerlo debía utilizar materiales Agfa venidos de Alemania, en una época en que dedicaba sus mayores desvelos a denunciar y combatir el régimen del que había huido. En 1939 viajó a los Vosgos con el encargo de demostrar que los habitantes de la región querían que Francia se alzase contra Alemania e impidiese la invasión. Sus imágenes en cambio mostraban las consecuencias de la Primera Guerra más de veinte años después: los bosques arrasados por los obuses en 1918 seguían sin recuperar su aspecto normal y alzaban sus raquíticas ramas hacia el cielo con muda desesperanza, las infinitas cruces de madera blanca en los cementerios que, con su uniformidad, eran la contracara flagrante de la manera en que se van acomodando de a uno los muertos en los camposantos en tiempos de paz.
No fueron estas fotos sino sus retratos de escritores los que llamaron la atención de Victoria Ocampo, quien la invitó a la Argentina pocas semanas antes de que los nazis llegaran a París. Su llegada al puerto de Buenos Aires produjo el primer equívoco. Cuando el funcionario de Aduana le preguntó nacionalidad y profesión, ella contestó “artista francesa” (por temor a ser rechazada si decía que era alemana) y el funcionario la registró como prostituta, porque así (“artista francesa”) se definían todas las profesionales del sexo que venían a probar suerte a nuestro país. El propósito inicial de su viaje era registrar a los miembros del grupo Sur, y agotó pronto esa tarea. Así que se fue a recorrer la Patagonia, Tierra del Fuego y el sur chileno, y a la vuelta aceptó un encargo de la revista Life para fotografiar a la flamante Primera Dama argentina, que tanto daba que hablar al mundo con su cruzada en defensa de los desposeídos. A pesar de la desconfianza de Perón, Evita aceptó que la Freund la fotografiara en la residencia presidencial antes de partir a una velada de gala. En sus memorias, Freund cuenta que le dijo: “Quisiera ver sus vestidos. Me han hablado tanto de ellos” (y uno no puede evitar imaginar a Victoria Ocampo detrás de esa frase porque páginas antes, al referirse al Río de la Plata, Freund dice que sus aguas eran marrones en La Boca y Avellaneda y plateadas en las Barrancas de San Isidro, donde se alza hasta el día de hoy Villa Ocampo).
La cuestión es que Freund logra despertar la complicidad femenina con Evita, quien la lleva a su guardarropa y se deja fotografiar junto a su colección de abrigos de piel, su gabinete con más de cien sombreros y frente a la enorme caja fuerte que hacía de alhajero. Sospechando que tiene en sus manos un material inflamable, Freund vuela a Nueva York al día siguiente de hacer las fotos. Su pálpito era correcto: cuando la revista Life publica las fotos (intercalando escenas de Evita trabajando en la Fundación y recorriendo barrios pobres, con imágenes de su fastuoso vestuario), Freund es declarada persona non grata, no sólo en la Argentina sino también para el Departamento de Estado norteamericano. De hecho, ése es el verdadero motivo de su expulsión de Estados Unidos, aunque la leyenda dice que fue la caza de brujas macartista. Para entonces, Freund era la única mujer de la agencia fotográfica Magnum, fundada poco antes por Robert Capa y Cartier-Bresson. La leyenda dice que, cuando la echaron de EE.UU. por roja, Capa le pidió la renuncia para salvar a la agencia. Pero el siguiente trabajo que aceptó Freund, en aquellos tiempos de Guerra Fría, fue un encargo de la Fuerza Aérea Canadiense para una campaña de captación de voluntarios (el lema era: “Enrólese y conozca el mundo”), cuyas fotos debían hacerse en una base canadiense en la Alemania ocupada.
Era la primera vez que Freund pisaba su país natal en veinticuatro años. Estuvo una semana sacando bobas instantáneas de soldados sonrientes y después se fue a Berlín. Era el año 1957: los trabajos de reconstrucción de la ciudad ya estaban avanzados, pero convivían con las consecuencias todavía visibles de los bombardeos. En las alucinantes imágenes de Freund se ven los escombros de los bombardeos mezclados con los escombros de las obras en construcción, el nuevo neón en las calles iluminando el cruce de ancianos, que parecen salidos de otra época con mujeres jóvenes que empujan modernos cochecitos de bebés. La extrañeza que le produce a un berlinés actual esa ciudad fugaz, posterior a la guerra pero pronta a ser drásticamente redefinida por la construcción del Muro, y por el Milagro Económico posterior, y por la caída del Muro después, es la que sentía Freund cuando superponía lo que veía por el visor de su máquina al Berlín que había conocido. De todos los retratos de artistas que hizo Gisèle Freund en su vida, ése me parece de lejos el mejor. Es un autorretrato, uno de los mejores autorretratos que conozco.
sábado, 10 de octubre de 2009
Autoengaño
Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
Si hay una fábula harto conocida es la de la zorra y las uvas, y seguramente lo es porque el autoengaño es una estrategia inescindible de la condición humana. Quien más, quien menos, todos solemos encontrar un consuelo en este dudoso recurso: una zorra hambrienta va en busca de comida cuando divisa una parra con tentadoras uvas. Se aproxima a la vid y comienza a saltar infructuosamente hacia los racimos. Por más que se esfuerza, no logra llegar a los apetecidos frutos. Finalmente, renuncia a la empresa, no sin antes exclamar: "No valen la pena, todavía están muy verdes".
¿Cómo disolver la tensión entre el deseo y la realidad que se nos impone? ¿Acaso estrategias semejantes no suelen ser las terapias más eficaces para el fracaso, la desilusión y la melancolía? Pero de ser así ¿dónde terminan nuestros sueños y fantasías y dónde comienza el autoengaño?
Parecidos de familia
Parecen lo mismo pero no lo son. Mientras que la mentira es una estrategia discursiva que consiste en pronunciar declaraciones falsas, el engaño es el acto -que puede valerse de la mentira- donde, con toda intención, se induce a creer una cosa en lugar de otra. No es lo mismo la retórica tan mentirosa como circunstancial coloquialmente conocida como "hacer el verso" que el acto de engañar de Juan, un simulador que, con la estrategia propia de un ajedrecista avezado, logra persuadir a la crédula Camila de que ella es el gran amor de su vida y la futura madre de sus (únicos) hijos, omitiendo que su esposa y sus cuatro vástagos lo esperan todas las noches para cenar. Pero los parecidos de familia no terminan aquí.
Siempre se pensó que el autoengaño era una ligera variante del engaño a secas. Pero no bien reflexionamos sobre uno y otro, descubrimos que el primero supone un paso más: alguien se engaña a sí mismo toda vez que se autoconvence de algo cuando sabe que las cosas no son como cree que son. Volvamos una vez más a Juan. Concedámosle el beneficio de la duda, suponiendo entonces que no es un vulgar simulador sino que, en verdad, se autoengaña. De ser ése el caso, en su rol de engañado debe de estar convencido de que abandonará a su mujer mientras que en su rol de engañador sabe que no lo hará.
Esa duplicidad repetida en otros gestos, tan nuestros que apenas con suerte (y dolor) nos damos cuenta de su poder nos revela una paradoja: ¿cómo es posible creer, al mismo tiempo, dos cosas incompatibles entre sí? Si creer una afirmación y su negación es un estado mental lógicamente contradictorio, entonces el autoengaño parece imposible. Y de hecho, puedo no creer en ese artificio. Pero como se dice de las brujas, podemos decirlo del autoengaño: que lo hay, lo hay.
No es la única falacia, pues en cuanto examinamos los resortes que operan en ese mecanismo psíquico, descubrimos una paradoja más: en el rol de engañado, la estrategia no puede ser conocida para que ésta sea eficaz; mientras que en el rol de engañador, se debe reconocer el engaño. Pero desde el momento que en mi fuero íntimo reconozco mi intención ¿cómo podría ser yo engañado por mi propia voluntad de simulación? Si sabemos que una estrategia es engañosa, entonces el autoengaño, una vez más, parece imposible.
Puesto que semejantes laberintos violentan el sentido común el mismo que nos muestra una y otra vez que el autoengaño no sólo es posible, sino que gran parte de nuestras creencias se construyen sobre ese cimiento sólo en apariencia endeble, lúcidos pensadores buscaron desarticular ese entramado existencial.
En el intento por resolver esos rompecabezas, algunos calificaron todo engaño autoinducido como intencional: forzosamente, uno se engaña a sabiendas de que se está engañando. Pero para admitir la realidad del autoengaño, fue necesario postular un yo escindido que operaría en un antes y un después, acaso remedando a Neruda, desdiciéndose en un mismo gesto en su "ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero".
El engaño autoinducido llevado a cabo con intención también puede apelar a la memoria fallida toda vez que, con el correr de los días, el autoengañador perseverante no sólo olvida los acontecimientos pasados sino hasta su intención originaria de inducirse al error. Imaginemos un funcionario corrupto que sustituye un registro comprometedor con un registro falseado que lo liberará de toda sospecha. Imaginemos, además, que lo hace confiado en que, con el correr del tiempo, habrá borrado toda huella de la adulteración ya no de los registros, sino de la intimidad de su conciencia. Imaginemos, por último, que justicia ¿divina? mediante (recuérdese que sólo se trata de un experimento imaginario), finalmente es investigado. A esa altura de los acontecimientos, y tal como lo previó, el funcionario habrá olvidado no sólo la falsificación del registro sino hasta la manipulación de sus recuerdos, sintiéndose tan incorruptible como carmelita descalza. Ni siquiera es necesario que sostenga simultáneamente creencias contradictorias: la degradación natural de la memoria, incluso cierta tendencia natural a creer aquello que se quiere creer, surten el efecto de que una (auto) mentira reiterada termina por asemejarse a la verdad (la tristemente célebre fórmula de Goebbels: "miente, miente, miente, que algo quedará").
Sin esa dosis de cinismo, el autoengaño puede ser la quintaesencia de la distorsión de la realidad parasitaria de las conductas adictivas: la joven anoréxica viéndose obesa en el espejo. O el alcohólico obstinado negándose a reconocer que su afición es su perdición. Otro escenario propicio al autoengaño es aquel donde se materializa con creces el poder ilusorio de las falsas expectativas: la apuesta reiterada en los casinos se refuerza con cierta fantasía de ganar que hunde sus raíces en una confianza ciega en que la suerte es una amiga fiel que, simplemente, se hace desear. No sólo las maquinas slot con sus porcentajes fijos de pago están construidas en respuesta a esta ley psicofísica. También el "hacer bingo", salvo fortuitas excepciones, es un horizonte en retirada que, cuando está a punto de ser alcanzado, se renueva como promesa transitoriamente postergada.
La explicación del autoengaño a partir de actos intencionales que suponen cierta escisión temporal entre un yo engañador y otro engañado operando diacrónicamente uno antes y otro después, no es la única posible. Otra explicación, tal vez la más difundida, elimina el carácter intencional aunque conserva cierta escisión en el interior de la conciencia. Dado que, en palabras de Freud, "sólo vemos lo que queremos ver", el fundador del psicoanálisis sostuvo que, con el fin de sortear el dolor, el yo instaura en su psiquis, disociándose, ciertos mecanismos de defensa inconscientes de negación. Y valiéndose de ciertas maniobras defensivas, logra ocultar ante sí mismo los contenidos censurados, alojándolos y, como tal, neutralizándolos, en un espacio recóndito de su aparato psíquico.
La mala fe
En El ser y la nada , Jean-Paul Sartre acusaría a la teoría freudiana de defender un determinismo que postula la existencia de procesos inconscientes que explicarían el autoengaño. En lugar de la dualidad diacrónica del engañador y del engañado, el psicoanálisis, piensa Sartre, postula una ficción sincrónica de "una mentira sin mentiroso". Y dándole un giro a la explicación freudiana, el filósofo existencialista alude a la libertad, a esa condición que hace del ser humano, el único "condenado a elegir". Sartre denomina al autoengaño, la mala fe. Y la mala fe es un antídoto inauténtico, la huída cobarde frente a la responsabilidad de tener que jugarse por los valores según los cuales uno podría elegir vivir.
Sartre nos muestra la mala fe en una escena donde una mujer simula ignorar las insinuaciones sexuales de su acompañante porque teme romper el hechizo del juego de la seducción. Hasta parece no advertir cuando el seductor toma su mano. Disociada de su corporalidad, en ese instante la mujer se siente "puro espíritu". Ella "sabe muy bien las intenciones del hombre", nos advierte Sartre, "también sabe que tendrá que tomar una decisión tarde o temprano". Pero se resiste a decidir, ocultándose a sí misma los objetivos de su acompañante. Y pretendiendo desconocer su propio deseo, la mujer posterga el momento de la decisión, interrogándose una y otra vez: ¿qué quiere hacer con su cuerpo? ¿abandonarse a su deseo transitoriamente eclipsado y tener sexo? ¿o antes bien no ceder a las insinuaciones del seductor? Estas dudas, concluye Sartre, no son sino un ejercicio de la mala fe, porque la mujer hace uso de su libertad como de una excusa con la cual evade su responsabilidad de tener que elegir.
Sartre nos presenta una segunda figura de la mala fe, encarnada esta vez en un mozo de café que juega a ser mozo de café con el fin de persuadirse a sí mismo de que su existencia se reduce, precisamente, a ser mozo de café, cumpliendo con el papel con el que los otros y la sociedad lo han investido: el pobre diablo que barre a las cuatro de la mañana el local es el mismo que apenas un par de horas más tarde se engalana con chaleco de un blanco purísimo y moño de satén, luciendo su sonrisa inalterable ante la clientela. Como en un juego de rol, el mozo de café se abandona a la impostura para poder ser lo único que cree poder ser: su actitud servil, su complacencia excesiva, sus gestos sospechosamente redundantes, no son más que un ritual que lo definen y confirman en lo que cree que debe y sólo puede ser.
A través de estas ilustraciones, Sartre aspira a mostrar que ni siquiera hace falta apelar a la estrategia del psicoanálisis para mostrar que la tiranía del deseo o la fuerza de las emociones condicionan nuestras creencias, ya que es posible creer y, conscientemente, descreer de la misma cosa. En lugar de mecanismos inconscientes, Sartre postula una atención selectiva que incorpora los aspectos de la realidad que se integran en el sistema de creencias aprobado por la conciencia y hace a un lado aquellos aspectos que la misma conciencia censura. La mujer es una buena ilustración: "Dado que la mujer conoce las intenciones" de su interlocutor, continúa Sartre, ella hace uso de este saber para prestar atención sólo a "lo discreto y respetuoso de la actitud de su acompañante", relegando la conciencia que ella tiene de su propio saber.
Pero su peso existencial, al fin de cuentas, radica en que el autoengaño pone en juego, nada más y nada menos, aquello que somos. Estrategia privilegiada ejercida en el campo de la conciencia, sin ese mecanismo de autoprotección podríamos ser condenados a revivir infinitamente los recuerdos más intolerables. No sólo puede ser la expresión de la renuncia a confrontarnos con un pasado traumático, sino también de la huida ante una realidad angustiante presente, cuando no de disociarnos de proyectos sumidos en el autorreproche pero que deseamos continuar, y hasta perseveramos en ellos.
Si prefiero detenerme deliberadamente en un período de la vida, negándome a admitir todo lo que luego cambié, me digo: "Soy lo que fui". Pero puedo barajar y dar de nuevo, confiado en que el naipe exculpatorio del "no soy lo que fui" podrá ser exhibido triunfalmente cuando me desolidarizo de mi pasado, insistiendo en mi recreación perpetua. Sin embargo, en nuestro descargo, sugiere Sartre, más que una patología o un vicio de carácter, y al igual que la vigilia o el sueño, la mala fe es un modo de ser en el mundo.
Creérsela
Toda vez que, a fuerza de repetir una y otra vez un mismo papel, se es incapaz de discriminar entre el rol y lo que se es, se dice de alguien que "se lo comió" el personaje, que "se lo creyó". Esta jerga se aplica igualmente a otro espécimen, del que solemos decir que "se la cree" cuando asume cierto rol que raya en la presunción. Esa creencia ilusoria lo vuelve tan vulnerable que, en palabras de Rudyard Kipling, es incapaz de enfrentarse con "el triunfo y el fracaso y tratar a estos dos impostores de la misma manera".
Se dirá que todos los seres humanos simulamos cierto rol socialmente admitido, desempeñando un papel del que podemos estar o no convencidos. Lo hacemos en una primera cita amorosa en la que construimos un relato autocomplaciente, a sabiendas de que, abusando de nuestro imaginario, podemos mostrar lo que nos gustaría ser. Y hasta los epitafios suelen grabar en piedra un autoengaño. En una entrevista en una ronda de selección de personal, el entrevistado tratará de autopersuadirse de que es el candidato apropiado. Intentará controlar la totalidad del mensaje: sus facciones del rostro, sus palabras, sus tonos vocales, sus gestos sospechosamente mesurados. Sin embargo, cuanto más se juega en un escenario, más se comprueba el llamado "efecto debilitante de la motivación", el que alcanza su punto máximo en las personas con un bajo nivel de seguridad. Pese a sus palabras cuidadosamente elegidas, los gestos de la cara y de las manos pueden traicionarlo.
Muchos hacen de la inautenticidad un estilo de vida. Otros apenas un mecanismo salvador para defenderse de la crueldad del mundo. Pero, en algún momento, todos tenemos algo de impostores. Aunque fabulando para los otros, corremos el riesgo de terminar por creer nuestra propia fabulación.
Amor, ilusorio amor
Tal vez las redes del amor sean un observatorio privilegiado para comprender los vaivenes de las trampas del yo. Mientras algunas de las figuras del autoengaño suelen nacer del deseo de creer algo, otras se forjan cuando se teme que una sospecha se confirme, mostrando impunemente lo que nos resistimos a admitir.
En el ya clásico film de Woody Allen, Hannah y sus hermanas , el personaje que presta su nombre al título es una actriz exitosa, casada con un rico empresario y madre ejemplar, la misma que asiste a sus hermanas menos afortunadas y distantes de todo glamour. La vida de Hannah, instalada en el equilibrio y la perfección, se quiebra repentinamente cuando su marido se enamora y es correspondido por una de ellas. Hannah se niega a creer en el affaire . Y una vez enfrentada a una prueba tras otra, sólo es capaz de sospechar, vagamente, que se avecinan acontecimientos tan pavorosos, tan devastadores que se cuida de descubrirlos.
Un resorte inverso opera en el Otelo shakespeariano, quien acusa injustamente a su amada Desdémona de haberle sido infiel. Pero mientras Hannah se resiste a creer una infidelidad real y Otelo insiste en creer una traición imaginaria, una y otro padecen mancomunados por sus propios límites.
El personaje de la literatura que tal vez encarne el autoengaño de modo más acabado, y con entrañable candidez, es la de Madame Bovary. Su romanticismo exacerbado y pueril la lleva a creer que, tras las metáforas que expresan la condición amatoria, se oculta algo así como una realidad absoluta (el Amor), objeto digno de ser enaltecido por su retórica pasional. La afirmación de La Rochefoucauld, "algunos no se enamorarían de no haber oído hablar antes del amor", ilustra con ironía que hasta ese sentimiento, paradigmáticamente irracional, debe su existencia a un entramado discursivo, obra de cierta retórica que construye y agota el objeto amoroso construido imaginariamente.
No sólo Emma Bovary cree en el personaje que ella misma imaginariamente se inventó, burda imitación de las heroínas literarias. Incluso en otros escenarios que poco o nada tienen que ver con las equívocas redes del amor, la estupidez humana son las aguas del río donde solemos bañarnos cada día. Ese rasgo tan humano es el talón de Aquiles al que apunta la publicidad que nos promete un mundo tan suntuario como inalcanzable. Apenas uno de los tantos simulacros que revelan que somos ciudadanos de un mundo donde nada es lo que nos hacen creer que es.
La mentira vital
La fábula de la zorra muestra que el mundo no es un horizonte al que observamos, imperturbables, desde la perspectiva de un observador imparcial. Lejos de toda neutralidad, nos altera psíquica y fisiológicamente. Y a modo de respuesta, en el autoengaño nos valemos de las emociones para teñir mágicamente esa realidad: una vez que la zorra se convence de que no podrá gozar de esas uvas, espontáneamente las descalifica. Y como no es posible modificarlas químicamente, les confiere mágicamente una nueva cualidad que alivia su insatisfacción. Así resuelve el conflicto y anula esa tensión entre su deseo y la realidad, sustituyendo la cualidad de deseables por una nueva cualidad, la de inmaduras. Se trata, ni más ni menos, de una transformación mágica porque nada ha cambiado (las uvas siguen siendo las mismas), si bien el cambio ha sido inmediato y realizado en el círculo de la conciencia.
La zorra nos enseña sólo una de las caras del autoengaño, un rostro misericordioso que se vale de una artimaña compensatoria por momentos esencial para sobrevivir. Las uvas en la fábula, incluso, funcionan como una especie de placebo natural. Una figura semejante es la llamada "mentira vital", herramienta que puede ayudar a la recuperación del enfermo o a soslayar, ante la proximidad de la muerte, la desesperanza.
¿Acaso la negación, otra de las figuras predilectas en las que suele encarnarse el autoengaño, no es un placebo natural, según se comprobó en las recidivas o en tiempos de sobrevida en investigaciones en pacientes con cáncer? Los médicos descubrieron que tras recibir la noticia de su muerte inminente, un número sorprendente de pacientes no recuerda haber recibido dichas noticias apenas transcurridos unos días. Enfrentados con una ansiedad intolerable, bloquean la información, en un intento de correrse de la escena omnipresente. Otros creen que ese bloqueo es, simplemente, un reflejo transitorio que les permite ganar tiempo para juntar fuerzas y comenzar a aceptar su destino.
Cuando esas figuras de la evasión ya no sólo filtran sino que bloquean la información necesaria, cuando no son más transitorias sino que se fijan de forma permanente, esquivando un peligro que podría ser evitado o aliviado, esas figuras de la evasión pueden producir un daño irreparable.
La medicalización de las problemáticas existenciales y la búsqueda de soluciones inmediatas a los dolores humanos condujeron a que la biotecnología se ocupara de un nuevo desafío: investigar la posibilidad de provocar una amnesia selectiva casi a gusto del consumidor. Y los resultados del estudio experimental parecen ser tan benignos como temibles. En pruebas de laboratorio se probó que una dosis de un novedoso compuesto químico llamado ZIP, aplicado en el cerebro de las ratas, elimina cualquier recuerdo con más eficacia que el paso natural del tiempo. Se estima que con esa molécula se podrían borrar procedimientos motores o hábitos instintivos. Y en los humanos (animales algo más complejos que las ratas), hasta conocimientos geométricos, algo útil si el teorema de Tales, pongamos por caso, fuese parte de un extraño acontecimiento traumático (¿quién conoce, al fin y al cabo, las profundidades del inconsciente o el poder de la mala fe?). Más que una simple molécula, promete ser un dispositivo a voluntad, certero y tenaz, para borrar los recuerdos o, cuando menos, para alterarlos a nuestro antojo. Pero por el momento, para el común de los mortales, esa asistencia programada parece un recurso de ciencia ficción.
Jano emocional
Jano emocional, el autoengaño presenta otro rostro menos compasivo. Esta forma de autoindulgencia puede tornarnos extraños ante nosotros, cegados e incapaces de ver nuestras fallas, incluso procurándonos más y más excusas que silencian nuestras conciencias. Principio activo en la retórica de la justificación, con él se intenta ocultar las propias culpas, cuando no de convencer al otro y convertirlo en cómplice. Y en su rostro más perverso, es un mecanismo absolutamente despreciable toda vez que revela una falta de autodominio que induce cierto desconocimiento de las obligaciones morales, de las circunstancias y de las probables consecuencias de nuestras acciones en las vidas de los otros.
Sisela Bok, en Secrets. On the Ethics of Concealment and Revelation , declara que el recurso del inconsciente, la mala fe, la negación o la mentira vital son metáforas imprescindibles en el camino del reconocimiento de lo ocultado. Pero, observa, "el peligro sobreviene cuando comenzamos a tomarlas por explicaciones. Como metáforas, nos ayudan a ver las paradojas de la dificultad humana de percibir y reaccionar; como explicaciones de cómo se superan estas paradojas, hacen que la comprensión entre en cortocircuito y se vuelven engañosas en su propio sentido -un modo más en el que evitamos tratar de comprender la complejidad que subyace tras nuestra experiencia de la paradoja".
¿Ardid o consuelo?
Es cierto que el autoengaño es una sombra solícita y generosa que se ofrece seductoramente a una constante y perpetua evasión. Pues quiérase o no, compañía incómoda si la hay, lo sabido sin saberse persevera como murmullo interior. O peor aun: como motor que reverbera, corroyendo una y otra vez, oculto, la conciencia. Pero esa sombra también puede ser la mensajera de cierto alivio que dulcifica la existencia humana, atravesada por condiciones ineludiblemente segadas por el dolor y la castración.
El pasado es tan irreversible, como frágil parece ser la memoria.
Y mal que nos pese, continuaremos intentando modificar el mundo, como la zorra, para hacerlo más soportable.
El autoengaño: artificio o defensa. Trampa o bendición. Ardid o consuelo. ¿Acaso se puede vivir sin él?
martes, 30 de diciembre de 2008
lunes, 29 de diciembre de 2008
jueves, 16 de octubre de 2008
Juan David Nasio
15-10-2001 - Por Emilia Cueto
-Emilia Cueto: Ud. acaba de dictar el Seminario ¿Cómo escuchar a un niño? ¿Qué impresión le queda de este nuevo contacto con el público de la Argentina?
Juan David Nasio: Me crea mucha responsabilidad, ¿se da cuenta? Tengo que hacer un seminario excepcional! tres personas vienen desde Arica en ómnibus, cuatro días de viaje! La gente que viene de Corrientes, de Tucumán, el traslado, el esfuerzo, la comida, el hotel, hubo 680 inscriptos.
-En la actualidad ese número es muy importante, ¿Ud. está al tanto de la situación económica del país?
Sí, claro! Por eso hubo un pedido de inicio de mi parte de que bajaran los aranceles. Cuando yo llegué acá me encontré con que el país estaba muy mal y no se podía hacer ese seminario con los aranceles que estaban previstos y se bajaron.
-¿En que momento y por que decidió radicarse en Francia?
Estaba ya recibido de medico psiquiatra. En aquel momento no se viajaba al exterior y sucedió que una noche, con mi señora –estábamos recién casados- fuimos invitados a la despedida de un amigo que se iba a Checoslovaquia para estudiar el mal de Chagas. Al salir de esa cena de despedida le digo a mi mujer tendríamos que irnos a estudiar a Francia porque yo necesitaría estudiar Lacan. Había empezado a estudiar a Lacan desde el año ’66. Eso fue la noche del 13 de julio de 1968. Me acuerdo muy bien porque al otro día fue el 14 de julio, día de la Revolución Francesa, y ese día me despierto a la mañana, era un domingo, y le digo a mi señora: ¡nos vamos a ir entonces! Me presenté como candidato a una beca de la embajada de Francia en Argentina para ir a estudiar con Lacan y ella se presentó como candidata a una beca de la Ciudad de Buenos Aires para estudiar enfermería y salud publica en Francia. Sucedió que mi señora obtuvo esa beca de la universidad a los ocho meses, que eran en esa época unos 1000 francos, unos u$s 150 por mes. Yo me presenté a la beca que era muy poquito, serian unos u$S 100 al mes pero ocurrió que no me la dieron, salí cuarto y había tres puestos. A pesar de eso yo pensaba ir porque tenía unos ahorros, ya era médico psiquiatra, psicoanalista, hacia cinco años que recibía pacientes en el consultorio, había estado analizado. Tenia experiencia de psiquiatra, joven, pero tenia experiencia, es decir que mis estudios en Francia eran más bien de postgrado. Ocurre que me llaman de la embajada y me dicen: “Dr. Nasio le quiero anunciar que uno de los tres candidatos elegidos ha renunciado así es que queda un puesto vacante, Ud. que estaba cuarto pasa a ocupar el lugar y la embajada de Francia tiene el agrado de anunciarle que le da la beca”. Y así nos fuimos un año después, el 14 de julio de 1969, tomamos el barco con dos becas y con 26 años.
-Entonces Ud. fue a Francia movido por Lacan
Fui movido por Lacan, fui movido por Europa, fui movido por la Francia, fui movido como todos los argentinos desde la época de Gardel. Los argentinos adoramos Francia y Paris, es una ciudad luz y yo estaba movido por el deseo de ir hacia allá pero para volver a la Argentina, no irme definitivamente, no instalarme sino volver formado y ser aquí un representante del psicoanálisis francés.
-Y ¿en qué momento decidió modificar esa decisión y quedarse?
Poco a poco nos instalamos allá con una actitud que considero muy importante. Mucha gente joven quiere irse y yo aconsejo que no se vayan de Argentina si no están formados, porque los países que reciben, sea EEUU, Canadá, Europa necesitan gente formada, no quieren formar gente, no les interesa formar gente. Siempre cuando uno va no formado es más difícil conseguir trabajo y ser reconocido. Yo tuve la suerte de tener una formación de primer nivel, me fui con cinco años del hospital Lanús, con un gran maestro que fue Goldemberg, con todos los grandes maestros que venían al Lanús: Bleger, Ulloa, etc. Todos venían al Lanús para contribuir al desarrollo del psicoanálisis en el hospital psiquiátrico. Toda una formación de primera. Entonces cuando llego a Francia los franceses me reciben y me dicen: “bueno, tome un paciente, -vieron como trabajaba- y dijeron este hombre... trabaja! ¿Qué quiere decir esto?: primero, sabia establecer el diálogo con el paciente muy bien, cosa que es muy difícil con un psicótico, segundo sabia diagnosticar rápido, tercero sabía dar una información sobre el paciente. Entonces los colegas franceses me pidieron que fuera a trabajar con ellos, porque para ellos no era un estudiantito al que había que formar era un profesional como ellos.
Hay que decirlo: la medicina Argentina es de un excelente nivel. Puede haber variaciones, puede haber ramas en donde se ha cambiado, de mejor nivel que otras. Por ejemplo en neurología hay un muy buen nivel aquí, en genética, en cardiología, es decir la medicina Argentina es una buena medicina, muy formadora, muy reconocida. Es cierto nosotros no tenemos los aparatos técnicos que tienen los americanos y algunas veces los europeos, pero somos una medicina que ha sido influenciada por la medicina francesa. La medicina francesa de los años 1930, 40, 50 es una medicina semiológica, que quiere decir esto, es una medicina que se guía por lo que observa, por los signos, y es una medicina que tiene una buena relación con el paciente. El medico argentino y el medico francés, son médicos humanizados, son humanos. En EEUU los médicos tienen excelentes aparatos pero recién ahora están dándose cuenta de la importancia de la relación de la palabra con el paciente. Nosotros tenemos buena medicina.
¿Podríamos pensar influencia paterna en este punto?
Exactamente! Claro, mi padre era médico entonces me lo trasmitía. Quiere decir que Ud. tiene razón: cuando yo llegué -era jovencito tendría 26, 27 años- me presentaron un psicótico y me dijeron: bueno Dr. Nasio ocúpese de ese muchacho, como diciendo vaya Ud. como un pobre estudiantito y cuando vieron como hablaba con el paciente, la relación que tenía, como le extraía las cosas, los franceses se quedaron impresionados. Pero eso no es mi talento particular.
Ya he hablado de Goldemberg, y ahora recuerdo las presentaciones de casos de Lacan. Se reunían los pacientes y Lacan delante de un grupo de gente se sentaba y le decía al medico: tráigame al paciente, vamos a verlo. Cuando lo vi a Lacan hablar con los pacientes, pensé “¡pero Goldemberg habla mil veces mejor!”.
Lacan será extraordinario pero no sabe trabajar con los pacientes, ¡no sabe! Lacan no tiene la ductilidad, el diálogo, la fineza de la relación con el paciente. Era extraordinario porque después, cuando terminaba, el paciente se iba y nos hacia unos comentarios luminosos. Pero en el diálogo con el paciente Goldemberg, lo superaba 3 veces, mucho más. Lo más extraordinario de Lacan eran sus seminarios, sus libros, su teoría, su elaboración. Pero en el contacto con el paciente, el diálogo, la escucha, la habilidad clínica, la ductilidad... hay que ser muy dúctil sobre todo con un psicótico, hay que saber hablar con el psicótico y poder en poco tiempo extraer de él lo más intimo.
¿Y cómo fueron los primeros tiempos en Francia?
Cuando llegué primero fui a ver a Leclaire. Serge Leclaire, era el más grande psicoanalista de la escuela lacaniana después de Lacan. Lecalire me recibío muy bien, muy cordial. Me dijo: “Así que Ud. viene con una beca para estudiar en nuestra escuela. Bueno, muy bien, cuando tenga un trabajo me lo trae”. Yo le dije: pero, yo quiero estudiar con Ud., a lo cual me responde: “bueno, venga a mis cursos”. Yo venía de atravesar el océano, todo para ir como un niño que quería estar al lado del maestro, y el maestro me dice: bueno, estudie y cuando tenga algo me lo trae. Como diciéndome, arrégleselas solo.
Y a partir de ese día, me di cuenta que tenia que estudiar mucho, como estudiaba en Argentina. Yo soy muy estudioso, me gusta estudiar, me gusta leer, me gusta agarrar un libro y romperlo, romperlo con cada frase hasta entenderlo, hacerlo mío. Cuando Leclaire me dice eso, comenzó un año y medio en el que pasaba desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche o más estudiando y estudiando... Iba, recuerdo, a una panadería. Mi señora se iba a sus cursos y yo a la misma hora agarraba el portafolios, me llevaba mis libros y me sentaba en una panadería chiquita que había en la esquina de la Rue Pascal, en el treizième arrondissement. Me sentaba ahí porque me servían café y comía medias lunas, entonces me pasaba toda la mañana, al medio día cruzaba a un bar comía algo y volvía a mi lugar de trabajo que era la panadería. La panadera ya me conocía. Por supuesto, asistía a los cursos de Leclaire y poco a poco me fueron surgiendo ideas a partir de la lectura de Lacan y otros, y gradualmente fue emergiendo la idea de escribir un texto. Que, surgió solo, no fue que dije voy a escribir. Pero siempre estaba esa espera de Leclaire que me dijo tráigame algo. Y así fue que iba no solo a la panadería, sino también a la biblioteca del hospital Saint-Anne y como digo en mi libro redacté en abril de 1970 el texto “Metáfora y falo” que es el primero.
Llegue en setiembre de 1969 y en abril de 1970 redacté este texto mientras recorría los jardines del hospital Saint-Anne, el más prestigioso hospital psiquiátrico de Francia. Daba vueltas alrededor de un cantero de flores hasta que las palabras me venían, entonces subía rápido a la biblioteca para asentar la frase sobre el papel y bajaba de nuevo al cantero de flores para encontrar la inspiración. Yo caminaba y aun hoy para escribir camino. Necesito caminar para escribir. No me quedo sentado, doy vueltas, camino, pienso, y así escribo.
Ese fue mi primer texto escrito en español en Francia, porque yo ya había escrito otros acá. Iba a ser el primero y el ultimo, nunca más volví a escribir en español después de ese texto. Me había hecho amigo de un joven profesor de español, francés él y le pedí que me lo tradujera. Entonces llegó el momento, voy y se lo muestro a Leclaire. Le digo, “Sr. Leclaire Ud. me dijo que venga con algo. Bueno acá esta. Tengo esto”. Esa noche misma, Lecalire me llama por teléfono y me dice: “¿está de acuerdo en decir ese texto que me dio en una conferencia en mi seminario?”.
Y el 15 de mayo de 1970, no me voy a olvidar nunca, fui y di la conferencia. Entre otras cosas, yo decía en ese texto “il faut marcher sur les signifiants”. Marcher quiere decir “caminar” y en lugar de decir “caminar sobre los sinificantes” como yo no conocía bien el francés, dije “il faut pisser sur les signifiants” para decir “hay que pisar sobre los significantes”. Pero pisser en francés quiere decir orinar. Y me acuerdo que en la conferencia dije “pisser sur les signifiants”. Del argentino que no conoce bien el francés. Ninguno de los franceses se rió . No se si lo habrán tomado como una interpretación lacaniana del orinar sobre los significantes pero ninguno de los franceses reaccionó, estuvieron muy sobrios.
Los únicos que me dijeron: “ché, dijiste pisser” fueron dos argentinos que estaban ahí, a lo cual les digo: ¿y qué pasa? -¡Pisser quiere decir orinar! Yo me agarraba la cabeza. Pensaba en Leclaire, que se podía ofender, cosa que no sucedió, sino que después me llamó a mi casa y me dijo que quería que la conferencia saliera en un libro suyo. No le puedo explicar el honor que era para mí.
Un argentino, recién llegado y ya estaba Leclaire proponiéndome publicar. El libro fue publicado en 1971 con el título “Desenmascarar lo real” de Serge Leclaire y abajo, en la tapa decía: “con una contribución de Juan David Nasio”. Leclaire era, permítame, como hoy puedo ser yo mismo, un autor que se vende mucho. Y a partir de allí todo el mundo me conoció, toda la comunidad psicoanalítica. Preguntaban “¿quién es éste?” “¿quien es este autor?” A partir de ahí, el problema de quedarse o no quedarse se planteo naturalmente, me quede y tuvimos hijos en Francia.
-¿Ud. antes de irse lo había conocido a Masotta en el Centro Superior de las Artes?
-No, no lo conocí en el Centro Superior de las Artes. Esto es importante que le cuente porque se que acá Masotta es un autor muy querido y yo guardo un gran cariño por él, pero le voy a contar como... la historia siempre es una interpretación, siempre es algo que uno reinterpreta por más hechos reales.
Le voy a dar mi historia que no es inventada, es tal como la viví, tal como la recuerdo. En el año 1966 descubro una revista en el suelo, tirada en una pila en la librería Jorge Alvarez en la calle Corrientes y Lavalle. Allí Jorge tenía una librería chiquita y traía materiales franceses. También la librería Galatea en la calle Viamonte y Florida los traía. Como yo era un lector muy asiduo de todo lo que era marxismo me llegó también la noticia de que había un autor muy interesante que era Althusser que publicaba los primeros libros.
En aquella época que se llamaba “Pour Marx” “para Marx”. Althusser estaba en francés así que leía con otros colegas, con amigos, era una lectura política la que me interesaba. Y además una lectura política con una intención que era la de criticar a M. Klein, tan hegemónica en aquel entonces. Así fue que descubro la citación a Lacan. No sabía quien era ese Lacan.
A partir de eso me interesé también en el psicoanálisis francés, y en aquella época se estudiaba siempre en grupos y con alguien, ese era el sistema. Descubrí en la revista de psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina un articulo de Mario César Liendo y su señora sobre temas de semiótica en el que al final citaban a Lacan, lo llamo a Liendo y le digo: “lo llamo porque veo que Ud. cita a Lacan y me gustaría estudiar Lacan con Ud. porque si lo menciona es porque lo conoce. Y me dice: “no, yo no hago grupos de Lacan”.
-Y dígame puede conocer a alguien, a lo cual me responde: “porque no lo llama a Massotta que es un hombre que ha hecho ya una conferencia sobre Lacan en los años 64, quizás él esté disponible y haga grupos”. Me da el teléfono, lo llamo a Massotta, voy a visitarlo a la calle Tucumán entre Maipú y Esmeralda, en un piso que tenía, -era una época de calor-, debía ser marzo del 66 o 67 y le digo: yo quisiera estudiar Lacan. Y me dice: “no, yo no hago nada ahora de Lacan”. El estaba muy ocupado con el “happening”, con el Di Tella, con la historieta, y me dice: “mire vamos a hacer una cosa, si Ud. consigue un grupo yo me ocupo del grupo, pero consígalo”. Me resultaba difícil encuentrar gente porque a nadie le interesaba Lacan. Lo vuelvo a llamar y le digo: no encontré a nadie, pero no importó. Para ese momento él ya tenía dos personas y conmigo éramos tres así es que empezamos. Las otras dos personas eran Oscar Steimberg, que era un autor de teatro y Peisereb, y este fue el primer grupo de estudio que hubo acerca de Lacan ¡El primero! Un mes después de esto empieza un segundo grupo, casi simultaneo como Ud. ve en el que estaban Guerrero, la mujer de Guerrero, Mario Levin probablemente y Jorge Jinkis.
En ese momento es como si Masotta se hubiera despertado de un lapso de latencia Lacaniana. Es decir que entre el año ‘64 y el ‘66 en que le pido a Masotta que arme un grupo no se si hubo artículos, creo que hubo una especie de latencia en él. Esa es una interpretación que hago, puede ser que algún lector de nuestra entrevista diga que tiene otros testimonios en relación a Masotta. Tengo conocimiento de que Masotta se había interesado en Lacan y luego dio la conferencia en el año 1964 ¿Sabe como fue? Él estuvo en la casa de Pichón Riviere y allí descubre en la biblioteca unos folletines que le había envíado Lacan de Francia a Pichón Riviere.
- Y Pichón le dice, “esto a Ud. le va a interesar” Claro, y se los dió a Masotta. El se interesa, va a dar esa conferencia pero soy yo quien va a despertarlo a Massota para reiniciar este periodo que es el periodo del psicoanálisis y del Lacanismo. Es allí que van a hacerse los grupos y poco a poco va a haber más grupos. Hasta que llegamos a los años 68-69 en que vamos a hacer un 1º congreso en una quinta, con un asado, donde hubo exposiciones a la mañana y a la tarde. Eso fue en diciembre del ‘68 poco antes de que me fuera. Fue lo que Masotta llamo el 1º congresito Lacaniano.
-Raimundo Salgado: tengo una anécdota de eso: a Masotta me lo presentó Isidoro Vegh, me dijo quiero que conozcas a Masotta, que es importante... y así fue como empezó el Lacanismo, a tal punto que cuando yo publiqué esa revista que era muy leída por la gente que había roto con la APA . Esa gente se emocionó con la Imago.
A raíz de haber conocido a Masotta publiqué Imago 2 dedicado a Lacan y esa gente se enojó conmigo. Me mandaban diatribas. Siguen enojados. Mucha de esa gente estaba en contra del Lacanismo; -Rafael Paz por ejemplo- y me decían que había traicionado el ideal de ellos al publicar a Lacan.
También recuerdo que a Letra Viva venía mucho Pichón Riviere, le emocionaba la librería, y a veces no podía entrar de lo enfermo que estaba. Un día le pregunto si lo conocía a Lacan y me dice que tenía una carta de él. Le pido que me la muestra y dice: “yo la voy a buscar y se la voy a regalar porque quiero que sea para Ud”. A todo esto ya había publicado la carta robada. Pero Pichón Riviere no encontraba la carta y yo le decía que me interesaba mucho verla. El venía todos los días. Venía y se llevaba libros.
Después la secretaria me decía: vi que el Dr. se llevaba libros, ¿cuánto le debe? Hace unos 8 años Jorge Jinkis me dijo: “sabés que tengo una carta que le mandó Lacan a Pichón Riviere”. –Ah,¡Es mi carta! ¡La carta que me había prometido,la misma carta! Y lo interesante es que a Masotta lo conocí a través de la carta robada.
-Ud. plantea en su libro “Un psicoanalista en el diván” que el problema mayor de nuestros tiempos es la perdida progresiva de parámetros que definen el carácter masculino del hombre.
Me da la impresión que lo que está hoy surgiendo como un gran malestar en nuestra cultura occidental industrializada, tanto en Europa como en América latina, es el problema de la identidad del hombre. El problema de la mujer, célebre, formulado en esa pregunta de Freud ¿qué quiere una mujer? se mantiene, la femineidad sigue siendo un enigma. Pero ahora se ha agregado otro elemento que no se si podemos denominarlo enigma, pero podría llamarlo el interrogante que angustia al hombre: ¿qué es lo que el hombre puede? Esta es la es la pregunta del hombre: ¿qué es lo que yo puedo? ¿Hasta dónde llega mi poder?
El problema del hombre no es el poder en el sentido político o social, es el poder hacer, el poder responder. La virilidad, la masculinidad para un hombre se define entre otras cosas en su capacidad de responder a lo que se espera de él.
¿Por qué aparece hoy en día esta pregunta? Ud. lo formuló en el seminario como un enigma masculino
Si, más que un enigma es una pregunta acuciante que el hombre se hace en permanencia y que muestra hasta que punto el hombre hoy está como desestabilizado frente a las nuevas condiciones de la sociedad que son el cambio mayor producido por el nuevo status de la mujer. La mujer ha adquirido una extraordinaria independencia financiera, económica, afectiva.
Ahora, entendámonos bien no se trata de criticar a la mujer ni de echarle ninguna culpa, es la sociedad que evoluciona normalmente y es esto lo que esta pasando. Así como cambian los seres la sociedad, también cambia y el nuevo status de la mujer de los últimos 40 años ha hecho que el hombre se vea como desestabilizado de su rol clásico de representante de la autoridad, del hombre activo. En la época de Freud, actividad era sinónimo de masculinidad.
Freud en su tiempo pasa a decir que la masculinidad no es la actividad. Pero aunque él lo desmienta y tenía razón en desmentirlo, lo activo está asociado al hombre y lo pasivo a la mujer. Eso hoy está completamente desmentido. El hombre no es lo activo y la mujer no es lo pasivo. La mujer es tan activa como el hombre.
-Hoy se lo ubica más del lado de la masculinidad y la femineidad
Si, por eso digo, que los parámetros de pasividad y actividad son completamente inadecuados para definir la femineidad y la masculinidad. Freud ya lo había dicho, pero esto estaba como una posibilidad que Freud desmentía. La mujer hoy en nuestra sociedad tiene un rol activo en lo social, en lo político, en lo económico muy importante y esto está provocando cambios en el equilibrio familiar.
Probablemente este es uno de los factores que está determinando la inestabilidad tan frecuente en las parejas que se hacen y se deshacen tan rápidamente. Porque la mujer tiene una autonomía que le permite elegir amar o no amar. Antes las parejas se constituían y la mujer muchas veces aceptaba pasivamente, hoy en día no, la mujer está mucho más determinada. Yo recibo pacientes que me dicen: Dr. me casé hace un año y no quiero estar más casada con mi marido.
-¿Por qué?
-Voy a decírselo claramente Dr. mi marido tiene eyaculación precoz y yo no quiero vivir con un hombre que no me de satisfacción sexual. Esta frase que escucho hoy en una joven de 29 años, hace 20 años jamás la hubiera escuchado.
La mujer hoy quiere tener las mejores condiciones para hacer su vida feliz, su vida afectiva, sexual y es legítimo y normal. Entonces, esto es nuevo. Y esto está creando cambios en la armonía y dinámica familiar. Primero de la pareja y luego de la familia.
-Y también en la teoría psicoanalítica
También. Por eso estoy proponiendo cosas nuevas. Estoy tratando de aportar una visión diferente de lo que es la masculinidad. Pienso que el problema de la masculinidad se define por este punto de sufrimiento del hombre por no saber cómo llegar a responder a lo que se espera de él.
Un hombre viril es un hombre que se piensa capaz de responder a lo que una mujer espera de él. Hoy hay muchos hombres que sufren, se quejan. Vienen a la consulta porque sienten que están más acá de cierta espera, de una actitud, de una expectativa de la mujer. Como si no lograran responder al rol de padre en la familia, de amante en la pareja o de jefe en la empresa.
El hombre está muy desestabilizado, no encuentra parámetros nuevos. Los va a encontrar, de eso estoy seguro pero ese sí es un enigma
¿Cuáles son los nuevos parámetros que van a definir la identidad masculina digamos en el año 2090?
Eso nadie lo sabe. Lo que sí se es que los parámetros no serán los actuales y que hoy el hombre está a la búsqueda de esos parámetros.
¿Cómo piensa la angustia en la mujer siendo que no podemos hablar de angustia de castración?
La angustia mayor de una mujer es la de no ser más amada. Lo que más puede angustiarla es que la dejen, que el hombre que ella ama la deje, la abandone, consiga otra mujer más joven, más hermosa, que no esté con ella. Que el hombre amado le retire el amor. Esa es una angustia femenina que está tan presente en la mujer como la angustia masculina en el hombre de lograr responder a las metas a las que está llamado a cumplir.
Ud. plantea como hipótesis el “sentimiento de virginidad irreductible en la mujer” ¿A qué se refiere?
Es un fantasma que he logrado detectar en la mayor parte de mis pacientes mujeres. Me confían que más allá de la penetración, mas allá del placer del orgasmo, más allá inclusive del parto, ellas tienen la impresión vaga, incierta, la fantasía, la ilusión, que nadie ha llegado a tocar, a penetrar en el rincón más íntimo de su ser. Como una especie de virginidad infinita, intocable que el sexo del hombre o el cuerpo del hombre no llega a alcanzar. O no llega a violar. Entonces esto es una fantasía de una virginidad virtual.
-¿Y por qué sería tan importante esto para la mujer?
No es que sea tan importante, es importante para ciertas pacientes, para una gran parte. Hay otras que me han dicho “no, no es cierto. Yo no siento eso, yo mi cuerpo lo siento receptivo al hombre y cuando está en mi, está en mi y punto”.
-Ud. refiere que en muchos casos se trata de mujeres que tienen una vida sexual plena ¿Se podría pensar como un modo de sostener cierta escisión entre las santas, las vírgenes por un lado y las prostitutas por otro, intentando mantener algún resquicio de las primeras?
Es probable, esto es algo que Ud. completa. Como es una cuestión tan delicada, además es nueva y concierne la vida íntima de una mujer por el momento me he mantenido con una extrema prudencia, Ud. lo vió en el libro.
Son hipótesis que vienen de pacientes que están en análisis y que confían sentimientos muy íntimos de la relación sexual. Y es en esos sentimientos que aparece esta imagen, esta idea de una virginidad infinita, de lugar intocado e intocable, inviolado e inviolable de su cuerpo.
-Ud. en referencia a la niña, habla de dolor en tanto privación ¿Cómo se podría pensar esto en relación al precepto judeo-cristiano de “Parirás con dolor”?
Hablo del dolor de la privación en la fantasía edípica del cuerpo, de la ausencia del falo que ella imagina tener. Es una fantasía en la cual ella sufre de no tener, de que no le han dado, o de que la han privado del objeto fálico que ella imaginaba tener.
Si, yo pienso que la femineidad está asociada al dolor y la masculinidad asociada a la angustia. El hombre es un ser más tendiente a angustiarse: le preocupa si logra, si no logra, si las cuentas van bien, si no van bien. Si responde o no responde. Se angustia del poder hacer lo que tiene que hacer. El hombre es muy frágil. La angustia está permanente, se angustia si va a responder a la mujer, si va a ser suficientemente viril, se pregunta si no es homosexual.
-Pero muestra menos su angustia que la mujer Muestra menos su angustia que la mujer pero las mujeres se dan cuenta. Una mujer cercana a un hombre, que lo ama se da cuenta inmediatamente por qué el hombre está angustiado. La masculinidad es: se agarra para que no se lo roben, para que no le hagan mal.
-¿Lo liga a la angustia de castración?
Que sea el sexo, que sea el poder, el hombre está así. La mujer no. La mujer es mucho más abierta, esa no es su angustia. Es capaz de hacer actos de una audacia que jamás un hombre puede hacer. Estoy seguro que hay políticos que hacen actos audaces y que están aconsejados por la mujer.
La mujer puede hacer cosas que un hombre no hace. Y eso los empresarios lo saben y por eso emplean a mujeres para ciertas cosas. Porque hay mujeres que saben llevar adelante iniciativas sin miedo y con audacia.
-Raimundo Salgado: ¿puede ser esa angustia del hombre lo que lo lleva a vivir menos que la mujer, por ejemplo?
Pude ser, porque esa angustia lo lleva a activar más, a estar mucho más tenso, a sufrir más. Hay más infartos en el hombre que en la mujer. La mujer, no digo que no se angustie, se angustia pero tiene una relación con las dificultades, con los obstáculos mucho más serena. Una mujer es capaz de saltar un obstáculo con más tranquilidad.
Es como si la privación ya la conociera, como si ella se dijera no tengo miedo de perder porque yo ya se lo que es perder. Como si el hombre no supiera lo que es perder, como si el hombre estuviera siempre con miedo de perder. Para la mujer el problema no es perder o no perder, algo de esto está internalizado. El problema de la mujer es que la dejen, es este dolor. La femineidad está más ligada al dolor, es más arcaico. La angustia es más mental, mas exterior, es miedo de lo que va a pasar.
Estoy haciendo generalizaciones, todos tenemos angustia. La mujer tiene menos miedo de lo que va a pasar. Ella sufre más lo que pasa que la angustia de lo que va a pasar. La mujer es más sensible al acontecimiento de hoy y al dolor de hoy que a la angustia de mañana. Ella es más preparada, más armada, más sólida que el hombre.
Cuando una mujer tiene que ir a operarse, puede morirse de miedo, pero el hombre se muere de miedo tres veces más que la mujer. El hombre además tiene miedo a la mujer, de la mujer! Y sobre todo de una mujer fuerte, de una mujer vindicativa, de una mujer rival. El sabe que si esa mujer se pone en serio a dirigir una empresa, un negocio lo va a hacer mejor que él. Ella no lo hace porque lo que le importa no es dirigir la empresa, lo que le importa es ser amada.
-¿Y cómo piensa el Superyo en la mujer?
Es muy importante el Superyo en la mujer, es un Superyo que se forma. En el hombre el Superyo determina la inhibición, el castigo y muchas veces el hombre está en una lucha de transgredir la ley del Superyo. El superyo en la mujer es un superyo de pudor, por eso para mi la femineidad se define en el modo en que la mujer maneja el pudor. Cuando una mujer baila, maniobra su pudor, lo conduce, tiene una relación con su pudor, es allí donde se define la femineidad, para mi. Por eso yo digo que la femineidad tiene que ver con el manejo del velo.
-¿Se lo podría pensar en relación a la seducción?
Algo que se muestra, algo que se oculta. ¡Claro! Una mujer es la que maneja el velo, es la que sabe esconder, la que sabe mostrar.
El Superyo del hombre es un Superyo de la ley que a veces lo provoca para que transgreda la ley. Es más sinvergüenza con la ley. La mujer es más respetuosa con la ley, “no juegues, no robes, no mates” a pesar de que en Adán y Eva es la mujer la que le dio la manzana, pero en general digamos que la femineidad, la mujer, ella, el Superyo es un Superyo que respeta la ley, la prohibición. Pero es un Superyo que tiene que ver con la femineidad y esa femineidad como le digo es un manejo del velo entre esconder y mostrar.
-En nombre de elSigma.com le agradezco la disposición que ha tenido para brindarnos esta entrevista en su paso por la Argentina, la posibilidad de conocer su pensamiento y posición frente a conceptos que son fundamentales para los psicoanalistas y que hacen a lo cotidiano del trabajo en la clínica; y la profusa ilustración de su vínculo con Lacan.
-Asimismo quiero destacar la participación de Raimundo Salgado –fundador de Letra Viva- mediante intervenciones plenas que dan cuenta de aspectos constitutivos de la historia del psicoanálisis.
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